Escucho risas a mi alrededor, veo bocas con dientes y arrugas en los ojos de la gente. Son felices y están presentes a junto a mi cuerpo. Pero yo no estoy.
Me fui hace un rato hacia donde voy cuando no quiero estar.
Cuando mis manos no saben que hacer y para evitar el temblor incómodo cruzo mis brazos por delante de mi cuerpo.
Cuando mi mente no se calla y suena más fuerte que mi entorno.
Cuando juego con mi pelo y toco mi rostro, mi boca, mis orejas porque me duele la panza y no es de hambre.
Me incomoda la alegría ajena porque soy incapaz de dejarme llevar lo suficiente para sentirla mía. Siempre estoy en mi cabeza y me cuesta salir de ella, ignorar las voces y sentir junto al resto.
Por eso tomo alcohol aunque odie la resaca del día siguiente.
Por eso fumo marihuana aunque me den ataques de pánico.
Porque quizás puedan ayudarme a dejarme llevar como el resto o al menos apagar las voces por unas cuantas horas.
Para sonreír con ojos y dientes.
Para no sentirme como un robot, maniquí, anormal, rara, vacía.
Pero es inevitable. Y lo veo venir cuando los nervios comienzan a devorarme por dentro.
Cuando mis ojos comienzan a divagar pero sin enfocarse en nada ni nadie realmente.
Cuando mi rostro sonríe y asiente pero en mi cabeza hay una tercera guerra mundial.
Cuando mi voz es bajita y mis palabras cortas.
Ansiosa desde que nací y hasta que me mate (la ansiedad).
Nos leemos.

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